Cuento Sufí – Palacio del Dragón

In Cuentos y Metáforas, Programación Neurolingüística (PNL), Radio by FandelaVida

Había una vez, un pobre florista que todos los días recogía flores en una montaña cercana, cruzaba el río y las vendía en la ciudad. Cada atardecer, cuando volvía a su casa, dejaba caer los pimpollos no vendidos en la corriente de agua.

Un día, el río había subido de tal manera que era imposible cruzarle. Estaba el vendedor parado y sin saber que hacer, cuando apareció una tortuga. La tortuga ofreció llevarlo y tan pronto como el hombre se subió sobre ella, esta nado velozmente, sumergiéndose en las profundidades del río.

En pocos momentos llegaron al Palacio del Dragón, el hogar del Dueño del Agua. La princesa del Palacio saludó cálidamente al vendedor y le agradeció las hermosas flores que recibía todos los días. Lo agasajó con suntuosos banquetes, delicada música y graciosas danzas de peces. Encantado, el vendedor permaneció allí un largo tiempo.

Finalmente, el deleitado visitante decidió que debía volver a casa. Cuando se despidió de la princesa, ésta llamó a su lado a un niño pequeño y harapiento.

– Por favor – le dijo al vendedor – cuida de este niño y él hará que tus deseos se vuelvan realidad.

Cuando regresó a su choza el vendedor la encontró insoportablemente modesta. Recordando las palabras de la princesa, pidió al niño que lo proveyera de un nuevo hogar. Batiendo las palmas tres veces, el pequeño transformó la choza en un maravilloso palacio, amueblado espléndidamente.

Pasó el tiempo y el vendedor de flores olvidó su origen humilde, exigió más y más lujos.

En un ambiente rico, el hombre pensó que el harapiento niño estaba fuera de lugar. Le pidió entonces que cambiara sus ropas por unas más hermosas, pero el niño, se negó y continuó usando sus andrajos, feliz.

Finalmente, el vendedor, convencido de que tenía todo lo que posiblemente pudiera desear, sugirió al niño que regresara al Palacio del Dragón. Éste rehusó, pero conociendo el desagrado del vendedor, aunque de mala gana, estuvo de acuerdo y partió.

Suspirando con alivio, el hombre volvió a su palacio. Para su total asombro, este había desaparecido por completo. Estaba nuevamente en su humilde choza, usando sus viejas ropas. Abatido, corrió afuera buscando al niño.

Pero el niño también había desaparecido.

 

P.14 Cuantos del Mundo para niños de Occidente